miércoles, 2 de agosto de 2017

QUINIENTOS SIETE








No olvido algo que me dijo Ramón Icaza mientras paseábamos por las Arenas, un tranquilo día de primavera.
Aquel día casi no hablábamos, ambos estábamos imbuidos de nuestros pensamientos y de pronto, Ramón quiso decirme algo importante:

Blanca, ésta vida no es un ensayo, es la función definitiva.
Es algo muy serio.
No podemos hacer tonterías, sería lamentable.

Me quedé pensativa y me di cuenta de que era verdad, que yo ya lo sabía pero nunca lo pensaba.
Me quedé callada y le miré, tal vez con cierta angustia.
Ambos sabíamos que estábamos jugando con nuestras vidas.

La verdad es que casi siempre que nos veíamos hablábamos de asuntos profundos, a pesar o tal vez porque nos preocupaba la manera en que nos comportábamos.

Pienso mucho en él y en tantísimos amigos y colegas que se han quedado en el camino, mientras que yo he tenido la inmensa suerte de salir de ese demoníaco mundo de la toxicomanía, que empezó como un juego y termina como el rosario de la aurora.

Lo único de lo que estoy segura, es de que tuve mucha suerte de haber llegado a tiempo para salir con vida.
Doy gracias al cielo y agradezco la vida, es lo más grande que existe.


Ayer estuve dando una vuelta por Bilbao viendo edificios en los que nunca había reparado.
Resulta agradable pasear por la ciudad sin tener nada concreto que hacer.
Es una manera de conocerla, de descubrir rincones nuevos para mi.
Bilbao estaba lleno de extranjeros, sobre todo el Guggenheim, con millones de personas haciendo fotos al edificio y al Poppi.

Huí despavorida, lo prefiero cuando no hay demasiada gente.

Están arreglando el arco de Daniel Buren, espero con impaciencia el resultado.







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