martes, 7 de marzo de 2017

DOSCIENTOS OCHO







El domingo cinco de marzo del año dos mil diez y siete es una fecha que se ha marcado a hierro en mi corazón.
Me levanté encantada de la vida y pasé toda la mañana recibiendo felicitaciones que me llenaron el corazón de amor, cariño, ternura y toda clase de bendiciones.
Me encontraba realmente satisfecha y contenta.
Cumplía setenta y un gloriosos años.
Mas todo cayó cuando recibí la triste noticia de que mi compañera de clase de escritura, Naroa, había dejado este mundo.
Fue un golpe duro.
Era una niña maravillosa que solía sentarse a mi lado y teníamos cierta complicidad.
Era un encanto, tenía gran talento y escribía muy bien.
Madura para sus catorce años recién cumplidos.

Me pregunto qué pasaría por su cabeza.
Ayer tuvimos clase de escritura y todos nos encontrábamos consternados.
Recordamos sus textos en los que solía hablar de asuntos fuertes de la vida.
Era muy observadora.
Todo lo que escribía solía estar basado en la realidad, una realidad de adultos, yo diría.




La situación de pasar del Yin al Yang en el mismo día, me recuerda a la época en la que mi padre se murió y al mismo tiempo, yo estaba exponiendo el Homenaje al Athletic en Arteder 84.
El Athletic había ganado la liga y tuve un éxito apoteósico, pero por otro lado mi padre estaba agonizando.
Esos días comprendí que todo está equilibrado.
Una vez más, se trata de aceptar.

He de reconocer que la muerte de Naroa, el maha samadhi como dirían los hindúes (el gran samadhi), me ha afectado más que otras muertes.











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