miércoles, 1 de marzo de 2017

DOSCIENTOS DOS






Ya sé que es una frase hecha y un tópico y que Borges decía que evitemos lo obvio, pero no creo que esté de más ser consciente de la realidad, aunque nos duela.

“La edad no perdona”

Esa es la frase a la que tanto me ha costado llegar.

Recuerdo que mi madre notaba que sus amigas se estaban volviendo viejas, porque repetían las cosas muchas veces.
Yo me daba cuenta de que ella también se repetía bastante.
No se lo decía, no me atrevía, no le hubiera hecho ninguna gracia.

Ahora yo me repito y mis amigas se repiten y yo sigo cometiendo los mismos errores que cuando era joven, pero más a menudo.
Beatriz se rie de mi.
No me importa.
Yo tampoco me imaginaba que un día me saldrían arrugas y sería incapaz de acordarme del título de la película que vi ayer.
Nadie se libra.
Mejor así, porque lo contrario significaría que no estamos aquí.

Hace poco me dejé la tarjeta de crédito en el cajero de un parking.
No pasó nada serio, me han hecho una nueva y ya está.

Cuando renové el carné de conducir, el oftalmólogo me dijo que condujera con gafas.
Poco a poco, van llegando esas aparentes distracciones y olvidos que me sorprendían en los demás y ahora los experimento en mí.

En cualquier caso, lo peor de mí es la precipitación, ha sido la causa principal de mis males, lo cual se ha corregido solo, ya que no puedo correr aunque lo intente.
Casi todos los problemitas que van surgiendo se arreglan con paciencia, no solo la mía, sino la de los que me rodean también.

El primer síntoma fue la pérdida de la visión.
A los cuarenta y cinco años tuve que ponerme gafas para leer y me molestaba, sin embargo me he acostumbrado y ya no me afecta.

De todo lo que lleva implícito ir cumpliendo años, hay algo que hace que la balanza de lo positivo pese más y es la tranquilidad.


Creo que ya empiezo a repetirme, así que por hoy dejo este tema tan manido, con el que solo las personas “de cierta edad” podrán identificarse.






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