viernes, 22 de septiembre de 2017

MIL SIETE







La entrevista en la que Kate Millet, escultura, escritora y feminista, cuya tesis doctoral “La política del sexo” dio la vuelta al mundo con gran escándalo, me ha hecho recapacitar sobre lo que supuso para mi el amor, hasta que cumplí cincuenta años y tomé la decisión de ser casta.

Ha sido el título del artículo sobre todo, lo que me ha producido escalofríos:

"El amor ha sido el opio de las mujeres”

Reconozco que no solo no recibí una educación sexual, ni siquiera la mínima información sobre el significado de la vida en pareja, el matrimonio, el amor libre, ni nada que se le parezca.

Hasta que me llevaron interna a Francia solo había leído los libros que estaban a mi alcance, de los cuales no me acuerdo, excepto los relacionados con la pintura.
En Francia me imbuí de su literatura.
Devoraba a Mauriac, Maurois, Proust, Stendhal, Balzac, Beaudelaire, Rimbaud…
Allí descubrí ese amor frenético basado en Madame Bovary y que tantas pasiones despierta.
También me sentí identificada con la literatura rusa, empezando con Anna Karenina.

Solo sabía de la existencia de ese amor desesperado a través de los libros y de lo que mi imaginación salvaje había desarrollado, por lo que cuando llegué a casa de mis padres con diez y siete años, pensando que todavía me quedaba un año en Inglaterra para terminar la educación que me habían asignado, me encontré con Carlos Artiach, que correspondía exactamente a la persona adecuada, para depositar en él todas mis ilusiones de adolescente con una cabeza llena de pájaros.

Me enamoré, como era de suponer no fui a Inglaterra y me casé sin saber inglés.

Me volqué desesperadamente en ese amor exagerado, con un marido al que no le interesaba demasiado tener una mujer niña, que estuviera tan dispuesta a sacrificarse por él.

Aprendí que no era esa la manera correcta de amar.
Por lo menos, me di cuenta de que yo era una ignorante, que había puesto todos los huevos en la misma canasta y me había equivocado.

También supe que no me gusta estar casada, soy demasiado independiente y cambio de opinión a menudo.
Me gusta estar sola y con personas diferentes y a poder ser, hacer siempre lo que me apetece.

Desde aquella promesa que me hice a mi misma cuando vivía en Los Ángeles, no he vuelto a tener un sola relación amorosa y he vivido muy tranquila, tengo la sensación de que disfruto y aprovecho mi vida, con una paz que desconocía.










jueves, 21 de septiembre de 2017

MIL SEIS










Por fin ayer pude trabajar en el asunto de la venta de mis cuadros.
No me quedó más remedio que utilizar mi vieja cámara Kodak, meterle una tarjeta de memoria, montar el tambaleante trípode, y al cabo de unas pruebas, empecé a sacar unas fotos de la calidad aceptada.
Lo bueno de sacar las fotos de esta manera, es que también me ofrecen la oportunidad de hacer reproducciones .
Ellos se encargan de todo, lo único que me piden es que haga las fotos y las suba a Artelista.

Al principio me dio pereza, mucha, pero al cabo de un rato me di cuenta de que estar entre mis cuadros, me proporciona un placer que había olvidado.
Reconozco que sigo siendo pintora.
Todo lo referente al dibujo y la pintura me emociona de una manera especial, es como si lo llevara muy dentro de mi, me pone en contacto conmigo misma.

Ahora que he empezado con este tema, aconsejada y animada por mi querida Pilar Serrano cuyo criterio respeto, ya no quiero parar.
No es que tenga la intención de dejar de hacer otros planes o trabajos que eleven mi espíritu, pero tengo la intención de dedicar un tiempo cada día a lo que tanto me ha preocupado.
Ahora tendré que ver cómo funcionan las ventas.
He puesto unos precios tan bajos, que si los cuadros gustan, no hay disculpa para no comprarlos.
Tengo la sensación de haber salido de un atasco que me ponía nerviosa.
Me he relajado.
Ahora se trata de ir poniendo orden en esa materia, que tanto me asustaba.

A medida que voy sacando fotos a los cuadros, voy comprendiendo lo que me impulsó a pintarlos.
En aquella época estaba leyendo a Kryon* y me interesaba la física cuántica, por lo que hice un universo de conexiones al que llamé ENGRANAJES, en el que cabía todo, ya que tuve una especie de visualización en la que todo lo que existe está conectado.
Todas las series pertenecientes a esa colección están relacionadas entre sí y fueron el fruto de lo que intuí.


Estoy contenta.






*Kryon dice de sí mismo: «Mi energía es como la vuestra: es angélica, es una parte física y una parte amor.
























miércoles, 20 de septiembre de 2017

MIL CINCO








Me resulta difícil controlarme cuando estoy nerviosa y me dicen algo que me molesta.
Me comporto como una niña pequeña, que se deja llevar por sus caprichos.
Al darme cuenta de mi falta de madurez, me enfado conmigo mismas y entonces intento frenar mi enojo y trato de domar esa especie de furia animal que arde en mi interior.
Estoy verde.
Confío en que con la práctica, daré pasitos y avanzaré aunque sea poco a poco.
Todo menos pasar malos ratos por no estar despierta.



En relación a los cuadros, no sé si he metido la pata.
Me he hecho socia de un sitio online que se llama Artelista y prometen ocuparse de todo, incluso de hacer reproducciones.
Lo que tienen para vender no tiene relación con mi trabajo, pero lo vi tan corriente que me pareció que podía servir para mi propósito, que es deshacerme de todo lo que tengo.
Lo que no me gusta es que no me cojan el teléfono y a mi me gusta que respondan a mis preguntas concretas.
Estoy acostumbrada a hablar con Apple, cuyo trato es exquisito.

Ya veremos cómo funciona.
De alguna manera se solucionará.

Prem Rawat dice:

Todas las cosas son difíciles antes de ser fáciles.

Y así lo he experimentado a lo largo de mi vida.
Lo malo de la primera época es que parece que dura eternamente, por más que lo tome con calma, nunca llega la segunda.
Pero sé que llegará.

He empezado a dar los pasos que me piden en Artelista.
El primero es subir las fotos de los cuadros que quiero vender.
Ya ha empezado la primera dificultad y es que como las había hecho con el iPhone, no alcanzan la calidad que me exigen, así que tengo que repetir todo el trabajo con la cámara normal.


Ejercitaré la paciencia que nunca viene mal.






martes, 19 de septiembre de 2017

MIL CUATRO








Hace uno par de días o más, me saqué una foto con efectos, para disimular los agujeros que tengo en la boca, debido a que me han puesto implantes y todavía no tengo dientes.
Estuve haciendo varias pruebas y la que más me gustó era una en la que parecía que estaba gritando.

Tenía cierto parecido con “El Grito” de Munch, por lo que la titulé “Mi grito de Munch”.

Ultimamente hay cierta confusión al hablar de plagio y apropiacionismo, por lo que, para no equivocarme y tener claras las ideas, se lo pregunté a Luis Francisco Pérez, crítico de arte cuyo criterio respeto.

Contestó lo siguiente:

Blanca, yo diría que el apropiacionismo no oculta la referencia (de hecho la ilumina). El plagio la oculta y nunca da razón de esa referencia. Más o menos. (sic)

Más claro imposible, 

Por lo que seguí con mi trabajo sin preocuparme del qué dirán, porque hace días que se había producido una controversia en FB, con una famosa artista que había copiado un cartel de cine antiguo para presentar el certamen cinematográfico de Málaga y al no decir su procedencia, le cayeron toda clase de exabruptos.

Copiar está mal visto pero al decir la procedencia se hace un homenaje al primero que lo hizo y se convierte en apropiacionismo.

A mi me han copiado mucho e incluso han pasado mi performance “Desde el anonimato “ en el Reina Sofía de Madrid y en el Instituto Cervantes de Estocolmo sin pedirme permiso, simplemente lo cogieron de YouTube y lo presentaron como parte de un trabajo.
Otra vez lo pasaron en el Guggenheim de Bilbao y me enteré a tiempo, por lo que pedí permiso para asistir a la proyección.

En otra ocasión me llamó un amigo para decirme que había una copia de mis “Sillas de Brighton”, en una tienda de cuadros y marcos, que estaba al lado de la plaza de Moyua.
Fui a Bilbao, lo vi en la mitad del escaparate y no me lo podía creer.
Era igualito al mío, como si lo hubieran calcado, pero la manera de estar pintado y los colores no eran exactos, solo similares.
Entré en la tienda, me pidieron disculpas y más tarde, me llamó el que lo había pintado para darme explicaciones.
Me dijo que le gustaba mi obra y cosas por el estilo.

En cierta manera me halagó, pero creo que es mejor que cada uno se dedique a lo suyo.

En una obra de arte se expresa algo profundo y personal, que es imposible que lo tengan dos personas, todos somos distintos.






lunes, 18 de septiembre de 2017

MIL TRES








Ayer tuvimos une encuentro con un loco de verdad.
No me gusta utilizar esa palabra pero hay casos en que cuando una persona se sale de sus casillas, se convierte en loco.

Habíamos comido opíparamente Pizca y yo en un caserío de Meñaca, que es santo de mi devoción y luego fuimos a descubrir esos lugares que esconden caseríos abandonados, manzanos, higueras y errekas por las que fluye el agua que canta al tropezarse con las piedras que le salen al paso.
Es un sonido zen que acaricia el alma con su dulzura.

Encontramos un caserío que parecía abandonado excepto dos perritos mil leches, que se acercaban al coche ladrando sin asustarnos.
Preparé mi iPhone en modo cámara para sacar una foto y de pronto salió de ningún sitio un hombre guapo, con unos ojos azules que echaban chispas, gritando como un condenado, amenazando con llamar a la policía porque habíamos entrado en una propiedad privada.
Intenté disculparme, pero ese loco no atendía a razones.

Nos instaba a marcharnos corriendo, diciendo palabras como desertar, escabullirse, desaparecer.
Eso es exactamente lo que yo intentaba hacer, pero el loco estaba delante del coche y no me atrevía a moverme.
Pizca me decía:

No digas nada que es peor.

Yo intentaba disculparme, pensando que eso le calmaría, pero no solo no se apaciguaba sino todo lo contrario.
Me preguntó mi nombre y cuando empecé a decirlo, se enfureció, hizo como que miraba la matrícula y no sé cómo, pero arranqué el coche y salimos de allí como pudimos.

Nunca nos había pasado algo tan desagradable.
Ha habido ocasiones en que nos han dicho que nos vayamos, que no tenemos por qué sacar fotos, que a ver para qué queremos la foto de su casa, pero todo se reducía a que nos invitaban a marcharnos sin más.

El loco de Meñaca era otra cosa.
Pizca lo achacaba a que vivir solo con las vacas y dos perros en un lugar tan solitario, donde no hay tiendas ni vida social, puede volver loco a alguien que tenga débil la cabeza.
No lo sé.

Lo malo es que ahora  me va a dar miedo ir yo sola por el campo.
Antes no tenía miedo, nunca me había encontrado con locos, solo con raros.










domingo, 17 de septiembre de 2017

MIL DOS








Creo que no me queda más remedio que seguir hablando de Pizca, porque cada vez que hablo de ella, luego me quedo pensando que no he contado todo.
Además, tiene la habilidad de decirme novedades cada día, creo que es una genia.
Leí una vez que la característica primordial de un genio, es que posee un don innato, que le hace saber cosas y tener ideas que le salen de su interior, no las ha leído y nadie se las ha dicho.

Pizca se ajusta a este perfil.
A menudo, cuando habla de algo que le ha causado impresión, no piensa, suelta las palabras como si salieran de un manantial que no ha pasado por ninguna clase de filtro, e incluso hasta ella misma se sorprende, al darse cuenta de lo que ha pronunciado.
Tiene poderes.
Creo que son los poderes del amor, ya que ella es muy amorosa.

Hace tiempo saludó a un chico que conocía y me lo presentó.
Pizca le preguntó a ver qué tal estaba.
El chico estaba muy nervioso, nerviosísimo.
Le contó que había estado ingresado en Zamudio, porque llegó un momento en que pensaba que era una mosca y salió a la calle desnudo, para dar una vuelta volando, como si realmente fuera una mosca, por lo que no tuvieron más remedio que encerrarle.
Pizca le escuchaba atentamente y a medida que el chico hablaba y Pizca le miraba
con toda su atención, haciéndole alguna pregunta precisa en el momento adecuado, el chico se iba tranquilizando, hasta que llegó un momento en que se calmó completamente y empezó a comportarse como una persona que está en su sano juicio.

Yo, que contemplé aquella escena desde el principio hasta el final, puedo atestiguar que lo que allí sucedió no es habitual.
Fue el fruto del amor.

No es la primera vez que he visto cómo Pizca es capaz de conseguir que personas que están fuera de sus cabales, vuelvan a sus ser.

Nunca se asusta.
Parece que en el caos se encuentra a gusto, sabe poner orden en situaciones difíciles.

Debo decir sin embargo, que se ahoga en un dedal.
Puede ponerse nerviosa por cualquier nimiedad.
En esos caso, no soy capaz de seguirle la corriente.











sábado, 16 de septiembre de 2017

MIL UNO








Paseando por el bosque nos salió al paso un árbol repletito de rojas manzanas que nos invitó, en silencio, a que cogiéramos las que estaban en el suelo, ya que les habían gustado a los gusanos, que son los que más entienden de ese paradisíaco fruto.
Obedientes a nuestra manera, Pizca y yo nos agachamos e intentamos coger las más enteras, pero yo no estaba satisfecha, por lo que moví un poco el árbol y cayeron las sanas.
Ante ese festín y al comprobar que nadie nos decía nada, seguimos y seguimos hasta que llenamos dos bolsas de supermercado que encontramos en mi coche y nos fuimos tan contentas.

Al dejar a Pizca en su casa, la insté a que se llevara una de las bolsas, pero se negó en rotundo, por lo que yo aparecí en mi cocina con demasiadas manzanas, que no tenían buena pinta y de las que salían algunos bichitos molestos.

Nadie hizo mención a las manzanas ni de palabra ni de obra, por lo que se quedaron encima de la mesa, hasta que me entró la sensatez e hice una compota, seleccionando lo mejorcito de cada manzana.
Cosa rara en mi faceta de cocinera, no se quemaron.

Gracias a que había muchas, salió una cantidad suficiente como para poder degustar la mejor compota que había tomado en toda mi vida, lo que fue corroborado por Jaime.



Hasta que me casé, veraneábamos en Santurce, donde había toda clase de árboles frutales en el jardín que rodeaba la casa.
Nos pasábamos la vida cogiendo avellanas, peras, manzana, higos, ciruelas, nísperos, brevas y otras frutas que ya no recuerdo.
Para coger las que estaban en la parte de arriba de las árboles, teníamos un aparato que se llama “cogedora de frutas”, que consiste en un palo muy largo con un artefacto en la punta, específico para que, dándole una vuelta, corte el tallo de la pieza y ésta se quede en el artilugio.
Así se cogían antiguamente, una a una.

A pesar de haber tenido tanta fruta a mi disposición, me sigue encantando.

Cuando empecé a conocer a gente que practicaba diferentes formas de alimentación, es decir, vegetarianos, veganos, ovolactovegetarianos, macrobióticos, frugívoros, crudívoros y otros que no recuerdo, me decían convencidos, que la fruta es “el regalo de la naturaleza” por lo que es la única manera de no dañar a las plantas.

Es tanta la información que tengo respecto a la alimentación, que al final no sé nada.
Cuando me hablan con una seguridad dogmática, hago como que escucho pero es mentira.

Creo firmemente en las bondades de la macrobiótica, porque las he experimentado a conciencia, lo cual no significa que la siga a rajatabla, solo lo imprescindible.
















viernes, 15 de septiembre de 2017

MIL








Pizca y yo cuando estamos juntas formamos un equipo, en el que la creatividad alcanza cotas muy altas, no me avergüenzo de reconocerlo.
Es un hecho tangible, sucede.

Ya, hace muchos años, un chico muy listo de Valladolid, al conocernos un poco, comentó:

“Vosotras dos sois “Miércoles Catorce”, 

haciendo referencia al famoso duo cómico “Martes y trece”.

No la faltaba razón.
Nos compenetramos tanto que sacamos punta a todo lo que se nos pone delante.

Ultimamente estamos haciendo planes de campo y playa casi todos los días y es tal la alegría que sentimos al ver un caserío abandonado, un nogal dejado de la mano de Dios, o una higuera rebosante de higos, que, mientras la filmo en video, le hago preguntas y ella describe lo que ve, con una sabiduría que solo a ella pertenece, y cuando publico los videos en mi blog, las visitas crecen y crecen hasta duplicar las que tenía yo cuando estaba sola.
Pizca es única.
En su caso se podría aplicar aquello que decían:

Se rompió el molde.
No se pueden hacer más Pizcas.

Además de ser especial y divertida, es buena, no se enfada nunca, entiende y comprende al ser humano.

Se casó con un arquitecto vasco, Moncho Lecea, que había estudiado en los Jesuitas con Carlos Artiach que, a la sazón, era mi marido.
Así que les invitamos a cenar y Pizca y yo nos dimos cuenta inmediatamente de que nos gustaban las mismas cosas.
Ella era un poco mayor que yo y tenía menos prejuicios, si es que le quedaba alguno, por lo que con ella aprendí a saltarme ciertas normas familiares y sociales, que me ayudaron a ser más libre.

Hoy en día, ya pasada la época difícil de la vida, podemos disfrutar de todo sin ataduras ni obligaciones, excepto la de pasarlo lo mejor posible en cada momento, lo que intentamos sin descanso.









jueves, 14 de septiembre de 2017

NOVECIENTOS NUEVE








Me considero admiradora y amiga de los árboles.
Pasear entre árboles despacio, mirándolos, acariciando sus hojas, reconociendo el trabajo que hacen con serenidad y estrategia, sin precipitarse, siempre en su sitio, es uno de mis remedios que utilizo para serenar mi alma.

Todos me gustan y me impresionan, algunos por su belleza y antigüedad, otros porque me dan sombra y cobijo cuando el sol aprieta, otros por su elegancia majestuosa, pero los que de verdad llaman mi atención, son los frutales, que humildemente nos dan de comer sin pedir nada a cambio.

Al llegar la primavera surgen las flores de distintos colores, dando a entender que pronto llegarán sus frutos.
En ese momento se dejan mirar sin arrogancia, solo cumplen con su deber.
Y nos deleitan sin pretenderlo.

Al cabo de un corto periodo de tiempo, nos regalarán sus frutos, en ese momento de calor en el que lo que nos apetece es comer higos, peras, manzanas, melocotones, paraguayos, albaricoques, ciruelas, tal vez una brevas, cerezas y si por casualidad vivimos en un país tropical, encontraremos mangos y papayas, piñas, melones y fruta de Maracuyá, también llamada de la pasión, cuyo solo el nombre embruja.

Ayer estuve en un campo en el que había árboles frutales abandonados.
Las bolsitas donde los nogales guardan la nuez estaban negras, aunque las nueces todavía estaban sanas.
La mayoría de los higos estaba deliciosos, las higueras son capaces de salir adelante en cualquier situación.
Los árboles también requieren de cuidados y necesitan se mantenidos, sobre todo los frutales, que son un regalo de la naturaleza.

Saqué fotos, comí higos, hice entrevistas a Pizca que describe la naturaleza como si fuera un hada que vive en ella y conoce los pormenores de todas las plantas.

No solo disfruté sino que creo que hice un buen trabajo.
Me quedé satisfecha.