martes, 31 de mayo de 2016

23 Escupiendo sapos y culebras






TPA era gratis.
Todo el mundo era bienvenido, siempre que aceptaran los 12 pasos.
Cuando llegaba alguien nuevo, una de las personas que llevaba más, le explicaba un poco en qué consistía la terapia y cómo debían comportarse.
No estaba permitido alterarse ni decir tacos, ni faltar al respeto a nadie y mucho menos meterse con el tema de Dios.
Si alguien tenía dudas, se le llevaba a un cuarto aparte y se le explicaba con santa paciencia y todas las veces que hiciera falta.
Rara vez había problemas.
Se aconsejaba que las personas que estaban muy deterioradas, hicieran una semana de limpieza en su casa o en un centro de salud.
Cuando alguien asistía con regularidad y se veía que estaba comprometido, se le asignaba lo que llamaban un Hermano mayor que siempre estaría dispuesto a ayudarle, de día y de noche.
Marcos no tenía Hermano, por eso le había llamado a Berta.
Berta tampoco tenía Hermana.
Había oído hablar del tema, pero todavía no le habían asignado a nadie, o sea que si ella todavía no tenía una Hermana mayor, eso significaba que no estaba preparada para ser la Hermana mayor de nadie.
Es importante saber que en un momento de debilidad, se puede contar con una persona que va a responder con cariño y sabiendo por experiencia propia, cómo se siente un adicto en un momento determinado.

Apareció un chaval con buen aspecto, muy joven, guapo y bien vestido.
La persona que llevaba más tiempo se lo llevó a otro cuarto para asesorarle, volvió enseguida y al cabo de diez minutos ya se había integrado en el grupo.
Se presentó y habló con naturalidad:

Me llamo Beltrán y soy toxicómano.
He hecho Proyecto Hombre y han considerado que ya estaba listo para afrontar la calle.
Yo no quería terminar, sabía que todavía necesitaba al grupo, pero el director se empeñó en que saliera.
Fui a casa de mis padres porque no tenía otro lugar.
Yo sabía que no iba a estar a gusto en esa casa.
La conozco y nunca me he sentido bien.
Me llevo mal con mi padre y me resulta desagradable estar con él.
Con mi madre me llevo bien, ella me quiere, pero le tiene pánico a mi padre y delante de él se comporta como si fuera su esclava.
Creo que en alguna ocasión le ha agredido.
Yo no lo he presenciado pero le he visto marcas en la cara.

En algunos momentos se quedaba callado y se ponía muy serio.
Se notaba que estaba acostumbrado a hablar en grupo.
Los demás esperaban tranquilamente.
Saben escuchar.
Beltrán siguió con su historia.

Desde el primer día que dormí en esa casa, supe que iba a estar mal.
Mi padre tiene un carácter infernal.
No entiendo cómo mi madre le aguanta.
El problema es que he recaído.
No se enteró nadie.
Fui a PH para ver si podía volver.
Me dijeron que si volví,a tenía que empezar otra vez desde el principio.
Me negué en rotundo.
Me dijeron que lo haría más rápido que la primera vez, pero yo no estaba dispuesto a pasar por lo mismo.
PH es una maravilla, pero demasiado duro.

Pasó la mano por su cabeza como recordando lo mal que lo había pasado.
Sé que no hay alternativa.
La heroína es un asunto de vida o muerte y yo he aprendido a vivir sin heroína.
Por eso he venido aquí, porque sé que necesito apoyo.
Hasta que pueda tener un trabajo, independizarme y vivir solo, es un largo recorrido para el que necesito ayuda.
He terminado.

Le dieron las gracias por haber compartido y Beltrán se sintió mejor.
Experimentó el calor del grupo.
Supo que no estaba solo.

Al salir, Berta se acercó a él y le preguntó donde había hecho PH.
Ella también lo hizo hace mucho tiempo y sabe lo que se siente.
Por lo menos, ella no había recaído en la heroína.
Mientras hablaban, Marcos se acercó y no fue capaz de respetar la conversación que tenían Beltrán y Berta.
Les interrumpió, pero Berta no lo consintió.
Estaba demasiado harta de las faltas de respeto y le cortó con tono autoritario, diciéndole que ahora estaba ocupada.
Le interesaba la conversación con Beltrán y no estaba dispuesta a transigir.
Se empezaba a dar cuenta que la educación está reñida con algunas personas.
Marcos se marchó extrañado.
Desconocía esa faceta de Berta.
En realidad, ni siquiera Berta la conocía.
Era la primera vez en su vida que mostraba su mal humor.
Por momentos se daba cuenta de que necesitaba explayarse, sacar todos los sapos y culebras que había almacenado durante toda su vida.
Una catarsis.
Eso es lo que necesitaba.
En la clase de Pilates había visto un anuncio de algo nuevo, a lo que no había prestado atención y le vino a la cabeza.
Es una especie de ejercicio que se llama TRE y consiste en hacer temblar al cuerpo para combatir el estrés.
La gente que lo hace sale como nueva.
Berta se dijo a si misma que tenía que probarlo, porque tenía estrés acumulado durante toda su vida.
En vez de decir lo que le molestada, se lo guardaba y había llegado un momento en que si seguía dominándose y guardando iba a terminar haciendo un disparate.
Se quedó hablando con Beltrán, pero se notaba nerviosa.
Lo de Marcos le había afectado.
Tenía tantas cosas en común con Beltrán, que hablando con él se tranquilizó.
Haber hecho PH les unía.
Beltrán quería saber su opinión sobre la TPA y si Berta pensaba que le podría ayudar.
Berta no lo puso en duda, siempre que asistiera todos los días, e hiciera los pasos aunque no los entendiera y aunque no creyera en Dios.
Funcionaba.
Lo mismo que en PH cuando empiezan a hablar del confronto y la experiencia educativa y toda la jerga del principio, no se comprende, pero poco a poco va adquiriendo sentido.
Esta terapia es diferente, pero lo importante es que la gente se cura.
Gracias a que Beltrán había tomado la decisión de ir a la reunión antes de engancharse, podría evitar el síndrome de abstinencia.
No quiso preguntarle en qué había consistido la recaída, no quería ser indiscreta.
Se despidieron y quedaron en verse al día siguiente.

Berta estaba segura de que Beltrán volvería, todavía estaba a tiempo.

22 Llamada telefónica






El sonido del teléfono le produjo un sobresalto.
Eran las doce de la noche y a esa hora, no es habitual que alguien llame por teléfono.
Berta tenía la costumbre de dejar el móvil en la mesilla por la noche.
Lo hacía pensando en sus hijos.
Quería estar siempre disponible para ellos.
Pero no eran sus hijos los que llamaban, sino Marcos.

Natalia

La grave voz de Marcos sonaba diferente.

¿qué pasa Marcos?

Contestó con una voz neutra.

Necesito verte, hablar contigo.

Casi no podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

Lo de verme, olvídalo y ya que estás hablando, puedes decirme lo que quieras.

Era la primera vez que Berta le hablaba en ese tono.
Incluso ella misma estaba sorprendida.
Estaba harta.
Harta de todo.
Se había acostado tan contenta y ya tenía que venir alguien a perturbar su paz.
Toda su vida había sido así.
Era la chica buena que siempre estaba dispuesta a ayudar, a consolar, a echar una mano.
Pero se acabó.
Había cambiado.
Estaba demasiado desilusionada con los demás.
Mientras pensaba en ella y en su hartazgo, Marcos hablaba, hablaba y ella no escuchaba.
Cuando prestó atención, oyó que Marcos le pedía perdón, le estaba contando una milonga que no le interesaba.
Algo sobre Lola, algo sobre que le había defraudado, algo que no era de su incumbencia.
Le pareció que había un silencio y pensó que le tocaba el turno de hablar a ella.

No entiendo nada de lo que dices.
¿De verdad crees que me interesa lo que te haya pasado con Lola?
Yo a Lola casi no la conozco.
Compartí habitación con ella y eso es todo.
Probablemente sabes más tu de ella que yo.

Era consciente de su propia antipatía, pero también era verdad que estaba harta de dejarse tomar el pelo, harta de agradar, harta de oír a su madre que la mujer está hecha para tener un marido y ocuparse de él y de los hijos, harta de tantas cosas, que lo único que era capaz de imaginar con entusiasmo, era que llegara la clase siguiente y leer lo que había escrito.
Había sido una buena idea lo de su autobiografía, porque estaba sacando todos los sapos y culebras que había ido guardando a lo largo de su vida.

Perdona Marcos, pero estoy en la cama y no tengo ganas de hablar, te voy a colgar.

Eso fue exactamente lo que hizo y se quedó más ancha que larga.
Ya era hora de empezar a hacer lo que le diera la gana.

Al despertarse, Berta recordó vagamente lo que había pasado la noche anterior y sintió cierto desasosiego.
Era la primera vez en toda su vida que se había expresado sin control y tuvo un pequeño sentimiento de culpabilidad, que se le pasó enseguida.
Estaba dispuesta a luchar por su libertad.
Tal vez todavía no tenía experiencia en preservar su territorio de manera amable y respetuosa, pero por lo menos se había defendido.
Ya tendrá tiempo de aprender a hacerlo con suavidad.

A la salida de la terapia, Marcos se acercó como un manso cordero, pidiéndole perdón por haberle llamado tan tarde y ella le dijo que no pasaba nada, pero que por favor no lo volviera a hacer.
Quería tomar un café con ella y contarle lo que le había pasado con Lola, pero Berta quería ir a casa para leer o escribir.
Le picaba la curiosidad, no obstante hizo un esfuerzo sobrehumano y se fue a su casa.

Cada día estaba más contenta con sus clases de escritura y con sus escritos.
A medida que avanzaba en las clases se iba dando cuenta de lo poco que sabía.
Además del blog sobre arquitectura que ya tenía cientos de seguidores, estaba publicando los textos que escribía para la clase, en un blog nuevo.
Por otro lado, escribía lo que iba recordando sobre su vida, pensando en su autobiografía, pero había episodios tan dolorosos, que dudaba sobre si le resultaría más fácil hacerlo en tercera persona.
No se sentía capaz de contar todo lo que había vivido.
Se avergonzaba de las concesiones que había hecho para intentar seducir a los hombres.
Había llegado la hora de quitarse la careta.
Nadie le había obligado a ser una mujer sumisa.
La verdad era más sencilla.
Cuando le gustaba alguien, se comportaba como una auténtica geisha y sacaba todos los encantos de los que disponía.
Así es como conseguía su propósito.
Y así fue incluso con Jose María, que era el último novio que había tenido.

Y ahora, gracias a que ya había empezado a despejar su cabeza y a fortalecer su voluntad, dejó que pasara el tiempo suficiente, para no forzar la relación con Marcos.
Tuvo tiempo para conocerle y ver que era pusilánime.
Nada podía interesarle menos que un hombre débil.
Necesitaba hacer uso de su propia fortaleza para enderezarse y conseguir recuperar su vigor y poner orden en ese desconcierto en el que vivía casi sin darse cuenta.


lunes, 30 de mayo de 2016

21 Berta escribe








Era notable lo que Berta había madurado en unos meses.
La terapia funcionaba.
También cuando salió de Proyecto Hombre parecía que había asentado la cabeza, pero al cabo de unos años, al empezar a salir con Jose María, se dejó llevar al alcohol y fue él mismo quien la llevó a la terapia.
Ahora se daba cuenta de que estaba fuerte, porque las desilusiones que se había llevado con los que parecían sus íntimos amigos, no le habían quitado el empuje para seguir adelante.
Ya que la arquitectura no encajaba en su vida actual, pensó que podía ir a unas clases de escritura, que anunciaban en el Centro Koldo Mitxelena.
Además, siempre le había gustado leer, e intuía que le gustaría escribir.
Llegó un momento en que se había quedado sin los pocos amigos que tenía.
Era evidente que Natalia había desaparecido y lo más seguro es que estuviera metiéndose caña con el chico guapo.
No le extrañaba que no diera señales de vida, Natalia sabía que Berta estaba limpia y no debe estar con negativos bajo ningún concepto.
A Marcos sí le había considerado un buen amigo, pero eso de salir con Lola a escondidas, le parecía una chapuza.
Además, no le veía ningún sentido, porque la relación que ella tenía con Marcos era de amistad.
Le decepcionó que hubiera actuado a la chita callando.
No se había equivocado al pensar que era débil.
Lola nunca había sido su amiga, por lo que no tenía nada que reprocharle.
Casi no la conocía.

Así fue como Berta empezó las clases de escritura.
Poco imaginaba, que lo que empezó como una disculpa para estar entretenida, se convertiría en algo realmente importante.
Se había sentido sola desde su más tierna infancia, por lo que había enriquecido su vida interior y al no tener con quien compartirla, había ido guardando sus vivencias más bonitas, por lo que a estas alturas se encontró con una jardín frondoso, en cuya sombra podía cobijarse cuando calentaba demasiado el sol en el exterior.
El primer día de la clase de escritura se sintió un poco perdida, el nivel era alto.
Además, le pareció que la gente estaba muy suelta.
Daban la opinión alegremente, con sentido común y criticaban sin juzgar, lo cual resultaba muy agradable, porque nadie se sentía intimidado.
La profesora era una chica joven, que había dedicado su vida a la literatura.
Estaba preparando su tesis sobre Pessoa, para conseguir el doctorado.

Es mejor que no leáis bestsellers, ni siquiera en vacaciones, preferiría que os deshicierais de los que tengáis en vuestra biblioteca.
Es posible que os parezca exagerada mi exigencia, sabiendo sobre todo que algunos de vosotros no tenéis intención de publicar, pero quiero que os esforcéis, que deis lo mejor de vosotros mismos, es preciso que trabajéis duro.
La satisfacción de la escritura, solo se siente cuando se hace un esfuerzo.

De repente, cuando menos lo esperaba, la profesora se dirigió a Berta:

Berta, ¿Has escrito alguna vez?

No desde el punto de vista literario, pero tengo un blog sobre arquitectura y yo misma escribo sobre los edificios que veo cuando viajo.
Hago fotos y las comento.
Creo que es lo que llaman metatextos.

Y ahora ¿qué te interesa aprender en estas clases?

Gracias a que Berta había adquirido cierto desparpajo en las terapias, fue capaz de contestar sin titubear a esa nena tan repipi.

Ahora me gustaría aprender a escribir bien, a expresarme de diferente manera a como me expreso hablando.
Quisiera adquirir vocabulario y llegado un momento, tengo intención de escribir mi autobiografía.

Bien, me gustan las personas con ambiciones.
¿Estás dispuesta a hacerme caso?

Si, contestó Berta sin dudarlo.

Te ayudaré en todo lo que esté en mi mano.
El próximo día te agradecería que trajeras un texto de dos folios por lo menos, escrito en prosa.
Quiero saber donde te encuentras.

Y, dirigiéndose a toda el grupo:

Lo que le he pedido a Berta, sirve para todos los que tengan intención de mejorar su escritura.

Natalia salió encantada de la clase.
Era exactamente lo que necesitaba.
Un día a la semana de siete a nueve.
Perfecto.
Había pocos alumnos y variados.

Llegó a casa y lo primero que hizo fue ordenar su biblioteca.
Quitó algunos libros que le parecieron poco serios.
Dejó los de autoayuda, porque le podían servir de consulta.
Tenía libros buenos sobre arquitectura, que para ella eran tesoros.
También encontró algunos de Foucault, Derrida, Walter Benjamin, Bourriaud, Oteiza y otros de filósofos y artistas, que escriben sobre estética.
Pensó que éstos no le servirían para las clases de escritura y los puso en la balda alta.
Entre las novelas, encontró Anna Karénina de Tolstoi y varios de Dostoyevsky, El jugador, Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov y El idiota.
Cogía cada libro con un respeto nuevo, les quitaba el polvo, los abría y acariciaba las páginas, recordando o por lo menos intentando recordar, la época en que los leyó.
Volvió a sentir el refugio que representaron para ella de recién casada, cuando esperaba en casa a un marido que nunca llegaba.
Sintió agradecimiento hacia los libros y los escritores.
Pensó que se había metido en un bosque desconocido, que auguraba una luz nueva en su destartalada vida.

Bien, concluyó dejando a medias el orden de la biblioteca, ahora tengo que dedicarme a escribir un relato.
No sé por donde empezar.
No importa, mañana será otro día.
Bastante he hecho hoy.
He empezado un camino nuevo.


Se metió en la cama con la dulce sensación de haber entrado en un mundo maravilloso que le deparaba múltiples y desconocidas sorpresas.