miércoles, 20 de abril de 2016

Capítulo 10 Peligro inminente








A las 09:14 de la mañana del día siguiente Gonzalo Satrústegui marcó el teléfono de Natalia y ésta, aunque se encontraba plácidamente dormida, lo cogió.
Tenía tanto cuelgue con su móvil, que hasta se iba a la cama con él.
Le preguntó el motivo de esa llamada tan tempranera y Gonzalo le dijo que no había dormido en toda la noche, que tenía un mono espantoso.
Natalia le recomendó que se metiera en la bañera con agua caliente y que aguantara un poco.

Ya sabes que el monkey te dura una semana.
Un poco de paciencia y para cuando te das cuenta ya se te ha pasado y yendo a la TPA puedes empezar a encontrarte bien.

Estaba asustada.
Lo que menos necesitaba era tener un yonki cerca.
No se sentía tan fuerte como para que le hablaran de caballo y de síndromes de abstinencia.
Se lo quería decir, pero no se atrevía.
Gonzalo esperó a que ella hablara, pero en vista de que no lo hacía, le dijo:

¿Te apetece tomar un café?

Eso si que no, Natalia no podía dejarse llevar.
Recordaba lo que le había dicho Berta sobre la necesidad de autoprotegerse y permanecer atenta a ella misma.
Pensaba en todo esto mientras le decía, con el tono de voz más seductor del que fue capaz:

Bien, si quieres nos vemos en el Barandiarán dentro de media hora.

Al apagar el teléfono se dio cuenta de que iba a hacer un disparate, pero era un chico tan mono y estaba tan necesitado.
Le dirá que no deben salir juntos.
Ella no está preparada para salir con un toxicómano.
Se duchó, se vistió y salió corriendo.

Gonzalo estaba sentado en una mesita de la terraza con un abrigo y una bufanda que casi le tapaba la cara.
Los toxicómanos siempre tienen frío, suelen ir muy abrigados incluso en agosto.
El sol no calentaba demasiado, por lo que Natalia le pidió que entraran.
Se sentaron dentro y pidieron dos cafés.
Natalia también quiso una tostada.
Se forzaba para comer aunque no tuviera hambre.
Necesitaba fortalecerse.
Gonzalo le dijo que llevaba varios días sin comer nada, solo tomaba café.
Un día llegó a tomarse treinta y siete.
El café es una pequeña droguita que ayuda a sentir cierto calor.
Al principio se toma un café mientras se espera al camello que casi siempre se retrasa y luego se toma café, porque es lo único que se le ocurre a una persona que solo tiene una idea fija en su cabeza.
Natalia conocía el estado de Gonzalo y se daba cuenta de que estaba fatal y no confiaba en que dejara de meterse caballo, no obstante se sentía a gusto con él.

Hasta tal punto la vida estaba del lado de Natalia, que sonó su teléfono y era Berta que le proponía acompañarle a Biarritz para hacer unas compras.
Aceptó.
Quedó en pasarle a buscar por su casa dentro de una hora.
No le dijo lo que estaba haciendo, pero se despidió de Gonzalo y se marchó.
Quedaron en verse en TPA por la tarde.

Berta y Natalia fueron al Carrefour.
Berta le contó que casi toda la compra de comida la hacía en Francia, le gustaban los productos franceses.
Comieron Chez Albert, en el puerto viejo, donde el pescado es excelente.
Berta le invitó y Natalia comió con apetito.
Es diferente comer a gusto con una amiga, en un buen restaurante, que comer un huevo frito sola en una casa poco cuidada.
Natalia estaba muy verde.
Gracias a Berta, que ya se había trabajado bastante, encontraría la fuerza para seguir adelante.
Ante ella se abrían dos posibilidades:
Acercarse a Gonzalo que estaba hecho polvo o dejarse ayudar por Berta, que estaba fuerte y deseando ayudarle.
Esperaba hacer una buena elección con la ayuda del grupo.
Mientras comían y charlaban Natalia, pensó que debía decirle la verdad de su situación a Berta, que tenía que ser honesta.
Y lo hizo.
A Berta no le pilló de sorpresa.
Se había dado cuenta de las miradas que intercambiaban y de lo cercanos que se sentían.
Lo que le sorprendió, fue que hubiera quedado con él para desayunar, pero se calló.
Consideraba que Natalia era mayorcita y sabía que estaba corriendo un peligro grave al acercarse a Gonzalo.
Berta sabía de la fragilidad de Natalia pero no hasta ese punto.
Incluso empezó a pensar que quizá a ella tampoco le convenía estar con Natalia.
En PH, que es una terapia dictatorial con normas poderosas, lo primero que exigen es evitar a las personas negativas, entendiéndose como tales a la gente que consume cualquier tipo de sustancias o que está con personas que lo hacen.
A Berta no le convenía estar con Gonzalo, eso era evidente, pero ahora se estaba dando cuenta de ella que tampoco debía estar con Natalia, puesto que se estaba acercando demasiado a Gonzalo, a sabiendas de que era negativo.

Volvieron a San Sebastián casi sin intercambiar palabra.
Ambas sabían lo que estaban pensando.
Llegaron a tiempo para TPA.
Todo se desarrolló de manera normal.
Hablaron varias personas con diferentes adicciones y todas estaban contentas, porque llevaban tiempo sin caer en los viejos hábitos y sentían esa satisfacción profunda que es el principal estímulo, tanto para el protagonista como para el grupo.

Natalia y Gonzalo no hablaron.
Escuchaban con atención.
Berta salió corriendo, ni siquiera dijo adiós a su amiga.
Necesitaba estar sola, recapacitar y poner orden en sus ideas.
Había pasado un día muy diferente de lo que esperaba.

martes, 19 de abril de 2016

Capítulo 9 ¿Alguien está peor que yo?








Apareció en TPA un toxicómano con aspecto de chulito, mientras se le caía la baba del mono que tenía.
Era más joven que Berta y Natalia, pero a ellas eso no les importaba.
Ese día no habló en el grupo, no obstante al salir se acercó a ellas y les dijo con cierta delicadeza, que le gustaría invitarles a tomar algo en algún bar cercano.
Como buenas compañeras dispuestas a ayudar siempre, aceptaron.
Se sentaron en una mesita y el chico, de quien todavía ni siquiera sabían el nombre, se ocupó de traer tres mostos.
Hizo todo con soltura, se notaba que tenía costumbre de estar con gente.
Se sentó y lo primero que hizo es presentarse:
Me llamo Gonzalo Satrústegui.
Natalia dijo su nombre y lo mismo hizo Berta.
Gonzalo les contó que había empezado Proyecto Hombre en Bilbao, pero lo había dejado y al volver a San Sebastián, había recaído.
Como todavía no estaba muy fuerte, aunque lo costaba mucho esfuerzo, pensó que en TPA podría volver a la vida sana.
Natalia y Berta le escuchaban con el mismo interés que ponían en el grupo, o quizá más, porque la verdad es que Gonzalo era un chico muy guapo, bien vestido, educado y con una voz grave que se metía hasta el tuétano.
Su mujer le había dejado porque estaba harta de su adicción.
No podía vivir con él en ese estado, a pesar de que estaba muy enamorada.
A él no le importó demasiado, porque la heroína le llenaba completamente, con razón dicen que es el mejor amante.
Sin embargo, ahora que estaba limpio y se había instalado en casa de sus padres, la echaba de menos y tenía la intención de recuperarla en cuanto se sintiera sano y capaz de trabajar.
Por lo menos, esas eran sus ilusiones.
Se notaba cierto nerviosismo en su manera de hablar, lo que es natural estando todavía muy reciente su último consumo.
Por lo menos no bebía alcohol y se veía que estaba limpio y aseado.
Solo necesitaba unos cuantos días sin consumir, asistiendo a TPA para ponerse en orden.
Por lo menos, eso pensaban las chicas o quizá es lo que deseaban.
Cuando terminaron los mostos y Gonzalo les propuso tomar otra ronda, contestaron que tenían que irse, le dieron las gracias, le dijeron que contara con ellas si tenía ganas de hablar, intercambiaron los teléfonos y de despidieron hasta el día siguiente.

Al irse hacia casa en el Mercedes negro de Berta, Natalia comentó:

Me ha encantado este nenito.

No me extraña, replicó Berta, es un yogurín, pero lo único que tiene son problemas.
No nos conviene ni a ti ni a mi, además es un jovenzuelo.
Te voy a recordar, por si se te ha olvidado, que en cuanto te limpias un poco, lo primero que te apetece es una pareja, pero eso no significa que sea lo que nos convenga, sino todo lo contrario.

¿Por qué dices eso? 

Le increpó Natalia sin querer dar crédito a sus palabras.

Porque como tu bien sabes, yo hice PH hace tiempo y allí aprendí lo que es una auténtica terapia para tóxicos.
Se supone que durante el tiempo que dura la terapia, unos dos años más o menos, necesitas todo el tiempo para estar pendiente de ti misma.

Natalia no estaba dispuesta a someterse a semejante tortura.

Pero si ya no me meto nada y necesito distraerme ¿por qué no voy a poder salir con un tío?

Nunca había hecho una terapia fuerte y su mentalidad era la de una adolescente.

Ya irás viendo, interrumpió Berta, que a medida que te ocupas de ti misma y empiezas a conocerte y a llevar las riendas de tu vida, vas sintiendo algo muy profundo que viene de tu interior y del esfuerzo que estás haciendo y te llena de satisfacción.
Tu y yo todavía llevamos poco tiempo en TPA y tus circunstancias han sido tremendas, te costará superar todo lo que te ha sucedido, por eso, con más razón, necesitas concentrarte en ti misma.

Ya habían llegado al portal de Natalia, por lo que Berta paró el coche e hizo ademán de querer seguir su camino, pero Natalia le pidió por favor que apagara el motor, que necesitaba contarle algo importante.
No es que Berta tuviera ganas de prolongar la conversación, pero Natalia era su amiga y necesitaba hablar, así que hizo lo que le pidió.
Cuando todo quedó en silencio y Natalia vio que Berta tenía toda la atención puesta en ella, dijo los siguiente:

Quiero contarte lo que pasó aquellos días que estuve sin ir a TPA y sin dar señales de vida.
Me sentía tan hundida que pensé que era imposible salir de ese pozo oscuro.
Me consideraba la persona más desgraciada del mundo, necesitaba descansar.
Convertí en polvo las pastillas de una caja de Orfidal y las metí en el zumo de naranja.
Estuve tres días sin darme cuenta de nada.
No sé si estaba dormida o medio muerta o como un zombi, porque solo recuerdo que cuando me desperté un poco y abrí los ojos, todo a mi alrededor estaba mojado, yo empapada y las sábanas tan sucias y malolientes que no sabía qué hacer, porque no tenía fuerza para levantarme.
No me acordaba de nada, así que me di la vuelta y seguí durmiendo, hasta que pasó otro tiempo, no sé cuánto, esa vez ya solo respiré aliviada al dame cuenta de que estaba viva, de que había estado muy cerca de la muerte y que no quería morirme.

Berta la miraba y escuchaba sus palabras mientras el corazón le latía como si fuera a estallar.
Le costaba dar crédito a lo que su amiga le decía.

Quería vivir, quería disfrutar de la vida, quería cuidarme, quería la luz y la alegría.
Quería salir de ese pozo y quería hacer todo lo que estuviera en mi mano para conseguirlo.
Me levanté de esa especie de estercolero en que se había convertido mi cama, me acerqué al cuarto de baño arrastrándome, dando gracias al cielo por haberme devuelto la vida.

Berta estaba muda.
Natalia hizo una pausa y siguió hablando.

Cuando conseguí reponerme un poco, lo primero que hice es limpiar mi cuarto y echar a la basura las sábanas que habían sido testigos de aquel horror.
El hecho de haber vuelto a la vida, me llenó de alegría y al escuchar tu mensaje en el contestador, sentí que la vida estaba de mi lado y desde entonces, con el antidepresivo y la TPA, ya no me siento la persona más desgraciada del mundo.
Solo quería que lo supieras y darte las gracias, porque eres un ángel para mi.

Berta no sabía qué decir.
Estaba consternada y aliviada al mismo tiempo.
Contenta por haber sido de ayuda para su amiga.
Se despidieron con un abrazo sintiéndose más unidas que nunca.


lunes, 18 de abril de 2016

Capítulo 8 Los beneficios del esfuerzo







Natalia llevaba varios días sin aparecer por la terapia y Berta no quería molestarla ni ser indiscreta, pero le preocupaba, porque sabía que estaba pasándolo muy mal y temía por ella.
Aunque en su día estuvieron muy unidas, había pasado el tiempo y no sabía hasta qué punto sería prudente llamarla por teléfono.
A pesar de las dudas, lo hizo.
Nadie respondió.
Dejó un mensaje en el que le pedía que le devolviera la llamada por favor.

Berta durmió plácidamente, satisfecha consigo misma por haber sido capaz de afrontar sus miedos.
Al día siguiente, temprano, Natalia le devolvió la llamada.
Casi no podía hablar, consiguió darle a entender que se encontraba mal, llevaba varios días sin comer y sin salir de casa, no tenía ganas de nada.
Ni siquiera tenía fuerza para levantarse de la cama.

En varias ocasiones a Berta le había visto Undabarrena, un psiquiatra experimentado que había conseguido ayudarla en los momentos más duros de su vida.
Le propuso a Natalia que podía llamarle y ella misma la llevaría si podía recibirla.
Le costó convencerla, pero lo consiguió.
Berta recogió a su amiga y el doctor Undabarrena las estaba esperando cuando llegaron a su consulta.
Habló un rato con las dos y  al ver que Natalia se había serenado y confiaba en él, invitó a Berta a dejarles solos.

El doctor Undabarrena estaba enamorado de su profesión.
Era capaz de meterse en la piel de sus pacientes, se ponía en sus zapatos y eso hacía que se sintieran bien.
Natalia, que estaba nerviosa, débil y con ansiedad, al quedarse mano a mano con él, se sintió segura.
Undabarrena se sentó en una butaca cercana a la suya y le ofreció un cigarro.
Natalia aceptó.
Parecía que el doctor no tenía prisa.
Le dio fuego y esperó tranquilamente a que ella fumara.
Le ofreció café.
Natalia aceptó.
El doctor puso a funcionar la melita que tenía en su despacho y esperó a que cayera el líquido en la jarrita.
Sirvió dos tazas.
Le preguntó si quería leche y azúcar.
Natalia asintió con la cabeza.
Sirvió lo mismo en las dos tazas y las puso en la mesita que estaba entre las butacas.
Demasiado caliente, aún así, ambos bebieron un poco.
Se miraron y el doctor sonrió.
Natalia se encontraba mejor.
A veces lo único que necesita un ser humano es que le traten como tal.
Todos tenemos nuestra dignidad.
Undabarrena le dijo a Natalia que no era necesario que hablara, pero si le apetecía contarle sus problemas, tal vez él pueda ayudarla.
Natalia se echó a llorar.
El doctor esperó bebiendo su café, haciendo ver que tenía toda la vida por delante, para esperar a que se serenase.
Al cabo de un rato Natalia se calmó e intentó decirle, balbuceando, que su hijo se había suicidado.
Que estaba sola en el mundo, porque se llevaba mal con su familia y que su vida era miserable.
Undabarrena la escuchó mostrando verdadero interés y le dijo que en su situación es normal sentir angustia.
Le recetó un antidepresivo que le tranquilizaría y quería verle la semana siguiente.
Respecto a los honorarios, le dijo que no se preocupara, porque él la trataría a través de la Seguridad Social.
También le animó diciendo que para la semana siguiente, él habría hablado con una asistenta social para que se ocupe de su problemas materiales y no tenga más preocupaciones que ir superando lo de Gabriel.
Natalia no se lo podía creer.
Con la manía que tenía a los psiquiatras, de repente se había encontrado con un ángel.
Estaba tan agradecida, que al despedirse le apretó la mano con las suyas y sintió tanto cariño, mezclado de esperanza, que casi no pudodarle las gracias.
Al salir, Berta la esperaba leyendo el Hola y ambas fueron a una farmacia para comprar la medicina y a la terraza del Barandiarán, que estaba cerca.
Pidieron dos mostos.
Estaban contentas.
Quedaron en verse por la tarde en TPA.
Tener que ir todos los días a TPA podía resultar una lata, pero no les quedaba más remedio que reconocer que gracias a eso, sus vidas empezabas a tener un poco de luz.
A pesar de haber estado metidas en drogas hasta el cuello, tanto Natalia como Berta tenían cierta reticencia a los fármacos.
Sin embargo, Berta había comprendido a lo largo de su vida, que hay situaciones en las que es necesario dulcificar los tormentos y conseguir que los malos ratos, no lo sean tanto.
A Natalia le costaba más, pero se dejó llevar por su amiga y estaba satisfecha.
Solo el hecho de saber que le amortiguaría la angustia que le oprimía, mezclada con los sentimientos de culpabilidad, añadidos a la cantidad de días que llevaba sin comer ni dormir, le sirvió de impulso para ir a su casa, prepararse algo de comida y echar una siesta beneficiosa, de la que se levantó como nueva.

Se arregló y apareció en la reunión con un aspecto bastante mejor que el de la mañana.