jueves, 22 de febrero de 2018

DOS MIL CINCUENTA Y CUATRO






Desde que no soy pintora, me he liberado de una carga muy pesada.
Ni siquiera tengo que opinar.
Lo que pasa en Arco me tiene sin cuidado.
Me produce risa.
Tengo la sensación de que los artistas son utilizados como títeres, para disimular las felonías de los que dirigen el gran teatro del mundo.
Me aparté de todo.
Me dio la idea Fray Luis de León, cuando en su oda a la vida retirada, decía:




Vivir quiero conmigo,
gozar quiero del bien que debo al cielo,
a solas, sin testigo,
libre de amor, de celo,
de odio, de esperanzas, de recelo.




He escogido este fragmento, porque considero que es con el que más me identifico en el fondo de mi corazón y lo que cuenta, es precisamente de lo que yo quise huir, cuando comprendí que necesito muy poco para ser feliz.

Me gusta tener como amigo a Fray Luis de León.

Durante una temporada me hice muy amiga de Pitágoras pero ya pasó, casi ni me acuerdo de él.

Ahora estoy con Montaigne, pero eso no significa que me olvide de Fray Luis.
Fray Luis está conmigo, recurro a él a pesar de que cuando habla de las mujeres, prefiero hacer la vista gorda, como con casi todos.

Yo creo que lo de los hombres respecto a las mujeres tiene difícil arreglo.
He tenido cinco hermanos varones y una madre, que si hubiera sido de izquierdas, habría emulado a la pasionaria, pero con un esfuerzo titánico y mordiéndose la lengua, se sometía a mi padre y actuaba como si fuera una mujer sumisa, de lo que estaba muy lejos.
Ella misma me contaba que tenía dos personalidades, la de esposa y madre, que dejaba bien aparcadas en cuanto atravesaba el portal de Mazarredo y la otra.
Entonces sonreía y pensaba:

Ya soy yo. 
Estoy conmigo

No me extraña.
Mi padre era encantador y a mi me adoraba y me lo demostraba y yo a él también le quería muchísimo, pero como marido, reconozco que podía ser insoportable.
Si por casualidad encontraba un guisante en la paella, dejaba de comer.

Mi madre hacía grandes esfuerzos para que eso no sucediera, pero en una casa con tanta gente, a veces era imposible.

Y otra cosa que resultaba desagradable es que, en vez de solucionar los problemas hablando, él entraba en un silencio que podía durar días y causaba una tensión ambiental, que recorría toda la casa.

Ahora que mis hermanos están casados y tienen mujeres que no son tan sumisas como mi madre, han dado en llamar a esa postura, que por lo visto sus maridos también contemplan:


“El silencio de los Oraa”